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| Karina K ve lo humano detrás de la criminal |
Desde muy chico escuché
hablar de Yiya, “la envenenadora de Montserrat” en las sobremesas de mi casa. Por
aquel entonces, llegó a mis manos el libro que escribió su hijo, Mi madre, Yiya
Murano, en donde reconstruye la historia criminal desde un ámbito lógicamente
familiar. Lo leí cuando era muy pequeño (alrededor de 12 años); demasiado
pequeño como para ingresar a ese universo siniestro. Mi mamá adoraba conocer
esas historias truculentas (¡y verídicas!), y no sólo se regocijaba con la
lectura de esos textos; también miraba (nos hacía mirar, bah) aquel programa de
Rodolfo Ledo, Sin condena, en el que con poco estilo y mucho sensacionalismo se
nos daba a conocer las historias como las de Oriel Briant, la doctora Giubileo, y tantas
víctimas célebres que tiñeron de rojo las crónicas de los casos policiales más
conmovedores. El tiempo pasó y me siguió impresionando la historia de esa mujer
un poco bruta pero con aires de señora de la high society, amante del placer y del dinero. Dinero que la llevaría
a envenenar a sus tres amigas con unas deliciosas masas a las que -cianuro
mediante- transformaba en masas mortales. Tres amigas. Tres deudas. Tres
muertes.
El martes pasado asistí
a la función de prensa e invitados (más de lo último que de lo primero) de
Yiya, el musical, con letra de Osvaldo Bazán, música de Ale Sergi, dirección de
Ricky Pashkus, y un buen elenco encabezado por Karina K. Fui con mi estimada amiga Yael, quien sostuvo
–con buen criterio; no sé cómo se le escapó ese detalle a la agencia de prensa-
que en vez de regalarnos unos muy buenos helados, correspondía que se nos
invitara a probar masas finas. En fin, hubo helados (lo cual se agradece).
Tras haberla dirigido
en Souvenir y en Al final del arcoíris, Ricky Pashkus volvió a convocar a
Karina K. Es lógico que el retorno de esta dupla haya sido Yiya, el musical. En
primer lugar, porque parecía interesante verla actuar en un producto nacional,
con la confianza que implicaba repetir la exitosa tríada Pashkus-Bazán-Sergi,
creadora de Y un día Nico se fue. En Yiya, el musical, hay una intención muy
marcada de acentuar el aspecto espectacular del caso, en términos de
mediatización, a tono con lo que comenté en el primer párrafo de este texto.
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| Yiya, la envenenadora |
Ese caso tuvo un
inusitado alcance popular, en buena medida por la personalidad de Yiya, quien
hasta llegó a almorzar con Mirtha en uno de sus programas. Yiya tiene 85 años y
hoy en día parece una de esa viejitas chusmas que están “más allá de todo”, que
pueden encontrarse en el almacén del barrio y comentar el estado del clima y lo
degradada que está la sociedad con escasos segundos de diferencia, con un tono
un poco pacato pero a la vez teñido de esa indolencia de quienes creen haber
vivido tiempos mejores y, por lo tanto, son los más indicados para señalar los
peores males. Males que –ahora sí, fuera de mi imaginación- en el caso de ella
se hicieron concretos, evidentes, por más que –condena mediante- siga
llamándose “inocente”.
Yiya, el musical
empieza por el final. Es decir, ese final que conocemos todos. No es necesario que
haya juzgados, tampoco rejas, mucho menos espacios cerrados. Yiya es pura negación,
fantasía, parafernalia verbal. Está muy bien que Bazán haya decidido empezar su
obra con una canción que la enfrenta a su hijo, canción que opone verdad /
mentira, certeza e incertidumbre. Ella, desafiante, sabe que es más atractiva
una mentira seductora, porque lo que importa no es la verdad en sí misma, sino
llegar al “efecto de la verdad”. Antes de esa incursión musical, el personaje
es introducido por un presentador desaforado, un telón que se abre, soberbio, y
una escalera que rememora esas revistas a las que la propia Yiya adoraba ir. Espectáculos
que se conectan con esa “espectacularización del crimen”, que todos vimos
crecer durante el menemismo, y que sobrevivió al día de hoy (¡cómo no!).
Karina K es Yiya y,
como siempre, está excelente. Descubrió una manera bestial y a la vez sutil de
componer ese monstruo, sin caer en la tentación de magnificar el pequeño gesto
(ese acomodo de los anteojos, ese inclinarse con sarcasmo en el living) ni
empequeñecer lo magnífico (las coreografías, esencialmente). Supo llegar a un estilo
más que imitarlo, y consiguió esbozar una imagen humana de esa persona que
deviene personaje, como también lo hizo con Judy Garland en Al final del
arcoíris.
Hace poco decidí conocer
algo más sobre el budismo y accedí a un grupo de budistas. Se contactó conmigo
una suerte de “coordinador”, que considera que aún en el peor de los estados
está la posibilidad de encontrar las herramientas para ser mejor persona. El
budismo cree en la existencia de diez estados y Karina K practica el budismo
desde hace muchos años. Yo mismo la he visto en un encuentro de la Soka Gakkai,
una asociación que nuclea a budistas en todo el mundo, y que tiene varias
filiales en nuestro país. Tuve la grata oportunidad de entrevistarla hace un
tiempo, a propósito de un trabajo académico en torno a cómo se llega a ser un
buen actor de comedia musical. Muchos de sus colegas me habían hablado de
técnicas, de disciplina, de rutinas necesarias para mantenerse en forma. Y ella
también lo hizo, sólo que me habló de su experiencia como budista. Me contó que
empleaba muchos de sus saberes sobre el budismo para componer personajes. Voy a
reproducir un fragmento de la entrevista:
“Lo
que me proporciona el budismo es una teoría filosófica. El ser humano posee
diez estados, que van desde el estado Infierno hasta el estado Buda, que es un
estado de esclarecimiento, de virtuosismo puro, coraje, fuerza vital, alegría
más allá de las circunstancias, misericordia. Existe una posesión mutua entre
estos estados. Yo puedo estar en un
estado de Infierno alimentado por el estado de Hambre, que es el
siguiente. Puedo estar moviendo mi vida
en los estados bajos. El Hambre y la Animalidad son otros estados bajos. Pero no dejo de poseer el estado noble de la
budeidad. Lo que dice esta teoría, es que uno puede extraer ese poder de la
budeidad a través de una práctica filosófica, de la recitación de un mantra. Cuando
tomé contacto con esta filosofía a la par de mi carrera como actriz y mi
formación, empecé a entender que este principio de los diez estados funciona
para la composición de mis personajes. Cuando tengo un texto de una obra,
empiezo a indagar en qué estado está este personaje, más allá de que está
combinado con los nueve estados restantes.
Los
actores están dejando de buscar un cambio trascendental desde lo externo, lo
están buscando desde el interior. Se trata de ver el esfuerzo de lo que uno
tiene que cambiar para emanciparse de sus propias debilidades. Que muchas veces
no te permiten abordar un rol soñado. Constantemente el budismo habla de que
somos artífices de nuestro destino. La
corriente budista que yo practico no ve el karma como algo negativo, sino como
algo positivo y negativo. El karma negativo se transforma en positivo a través
de esa consciencia de cambio de pensamiento, palabra y acción. Se trata de
saber que mi palabra, mi pensamiento y mi acción afectan mi entorno.”
A aquel coordinador del
que hablé –Jerónimo es su nombre- le hice muchas preguntas. Una de ellas se
refería a qué podemos decir de aquellas malas personas que lucen felices.
¿Efectivamente lo son? Tras haber escuchado hablar bastante sobre su religión,
sé que uno de los principales objetivos –sino el principal- es encontrar la
felicidad. Por ende, la idea de la “felicidad” me había disparado múltiples
interrogantes. Él me dijo algo así como que difícilmente alguien que se aferra
a lo material y tiene una conducta egoísta pueda ser plenamente feliz. Es
difícil que esa persona experimente aquel estado de “budeidad” al que se puede
llegar.
Karina K lleva a su
Yiya a diversos estados de ánimo, pero tras volver a leer sus palabras no me
cabe dudas de que su construcción da cuenta de ese estado infernal que transita
un personaje despiadado y al mismo tiempo seductor. Sólo la comprensión de que
detrás de toda esa efímera felicidad late un estado bestial puede dar como
resultado una actuación convincente como la que ella obtuvo. El final de la
obra la muestra sola, delante de un telón que se parece más a una reja que a
una parte de esas gloriosas revistas que ella amaba, entre tanta puteada y
tanta magnificencia en los cuerpos, entre tanto lujo. Y su gesto final mezcla
soberbia, encanto, rabia, pasión por actuar, y una tristeza a flor de piel. Karina
K pudo, escena mediante, devenir monstruo. Y, mejor aún, pudo comprenderlo.