domingo, 24 de abril de 2016

Un año atrás

Hace un año atrás, yo estaba más o menos igual que ahora. Corría desde una escuela  hasta la parada de colectivos. Corría, corría, corría. Creía que no iba a llegar. Los responsables de la oficina de prensa del XVII BAFICI habían organizado un encuentro con Isabelle Huppert, una de las actrices más extraordinarias que nos ha dado el arte (el cine, en especial, pero también el teatro). Yo sabía que iba a llegar muy sobre la hora. Sabía, además, que muchos de mis colegas querían estar allí, para comprobar la materialidad de esa dama tan fría y sofisticada que nos había iluminado desde la pantalla, con sus actuaciones hechas con ángel y ciencia, porque no se puede hacer algo tan perfecto sin una pizca de extrema racionalidad. Una pizca, al menos. Me bajé del colectivo y luego tomé el tren. Corrí también en el andén, para llegar al primer vagón y asegurarme de ese modo que iba a estar cerca de la entrada del subte una vez que se abrieran las puertas. Y las puertas se abrieron. Y yo llegué al metro. Y, como para llegar con más tiempo (para elegir un mejor lugar), me bajé y me tomé un taxi (pienso que hoy se me haría imposible paga uno). Corrí otra vez más, hasta el auditorio. Y, para mi sorpresa, no sólo la dama pelirroja no estaba allí., sino que solamente había un pequeño puñado de colegas. Algunos ignotos, y otros a los que mejor no conocer. Y sí, claro, algunos respetables. Pero no éramos más de quince. Inmediatamente me sentí aliviado. Y me puse a hacer suposiciones. ¿Por qué tanto desinterés? En parte, creo que en ese día había una función de prensa de un "tanque", de esos que convocan a tantos y a mí no me mueven un pelo. Pero también consideré que los organizadores querían que fuera poca gente. Y, a juzgar por sus caras, fueron muchos menos de los que ellos habían invitado.

No voy a decir mucho de lo que la Huppert contó allí (para eso, hay un texto que publiqué en Escribiendo Cine, y que voy a adjuntar aquí debajo). Voy a decir, en cambio, lo que me provocó a mí. Y lo que volvió a provocar un año más tarde -hoy- cuando la vi de nuevo, a la Huppert, en la pantalla del Gaumont, componiendo con delicadeza y soberbia a una profesora de filosofía a la que de un día para otro la vida se le da vuelta.



Entonces, "un año atrás", me produjo un shock cruzarme con esta mujer pequeña, de ojos prominentes, a la que mucho tildaron como "antipática". "Reservada", diría, un poco tímida, tal vez. Me la encontré a la salida del Cementerio (no me animé a preguntarle su impresión sobre aquel lugar). Cruzamos algunas palabras sobre el buen teatro argentino. Le recomendé que prestara atención a la programación de Avignon, en donde algunos artistas locales mostrarían sus montajes. Me dio la mano y se fue, seguramente a descansar. Me sentí feliz de haberla conocido.

"Un año después" me la encontré en L'avenir, hermosa película de Mia Hansen Love en donde una profesora de filosofía debe reconstruir su vida y -lo que es más importante- debe poner a prueba su propia percepción de las cosas. No quiero contar mucho sobre esta película, sólo ruego que se estrene. Quiero tan sólo rescatar una idea que me acompaña desde que la vi:

El cine es verdaderamente milagroso. ¿Qué tengo que ver yo con esa mujer aburguesada, una francesa que tiene marido e hijos, que me lleva al menos veinte años, y que sufre dos pérdidas abruptas? Los dos damos clases, es cierto (en materias "hermanas"; ella Filosofía, yo Lengua y Literatura). Mucho más que eso no tenemos en común. Sin embargo, yo lloré cuando la vi triste. Yo reí cuando se le presentaron esas "ironías de la vida" que a lo mejor se nos presentan a nosotros, pero que visibilizadas por una directora sensible en los personajes de sus películas toman un espesos nuevo. Por ejemplo, ese momento en el que se angustia por la pérdida de un gato que heredó de la madre. Un animal que para ella no significaba mucho, pero que terminó queriendo. Yo sí amo a los gatos, los que me conocen lo saben. Y disfruté esa conversión del personaje, que habla -en definitiva- del paso del tiempo y de cómo mutamos perpetuamente. En los múltiples trayectos que ella hace en el film, sentí que por su corazón y su mente pasaba de todo. Sentí el torbellino de emociones que la empujaban a seguir. Y sentí, a la par, que era necesario contar todo esto, que es maravilloso que el arte nos reanime. Y que valía la pena escribir estas líneas e inaugurar un espacio incierto. Tan incierto como a veces lo es mi mirada.

Gracias por leer.

Mi nota para EscribiendoCine

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